El soldado herido y su Fuzzy Wuzzy Angel

Foto Consigue la foto

Autor de la Fotografía: George Silk.

Soltó el botón de disparo y, escondido todavía tras la cámara, dudó si decir algo o no a los dos hombres que acababa de retratar. Pero después de un instante de indecisión se volvió entre los arbustos que lindaban el camino sin que los dos protagonistas de la escena se hubiesen percatado de su presencia.

Un hombre joven, alto y atlético, ataviado con las ropas típicas de las tribus nativas de Papúa y su peinado característico, guiaba a un soldado australiano por un camino de arena delimitado a cada lado por altos y abundantes arbustos. El soldado parecía mayor que su guía, aunque probablemente no lo fuese; su paso inseguro, encorvado ligeramente hacia adelante al sostenerse sobre un bastón que el hombre del pelo afro le había arreglado para el viaje, le confería un aspecto de anciana fragilidad. Avanzaban descalzos los dos, como si un imprevisto les hubiese obligado a salir corriendo del lugar en el que estaban, dejando atrás todo lo prescindible. Quizá pudo ser la explosión que había herido al soldado en la cabeza, que ahora cubría con una venda haraposa. Especialmente su ojo izquierdo, del que había perdido toda la visión; no así del derecho, con el que conseguía distinguir con dificultad luces y formas difuminadas bajo la gasa. Aquella explosión todavía retumbaba en sus oídos. En los del soldado. Como también los gritos de dolor y rabia de sus compañeros. O quizá los del enemigo. O también los del enemigo. Gritos de angustia que deseaba no volver a escuchar nunca.

De lo ocurrido entonces, escasas horas antes, solo recordaba el despertar aturdido, la suciedad, el ruido y que alguien le ayudó -una persona a la que no llegó a reconocer- para ser tratado de urgencia. A partir de ahí, solo recordaba caminar, caminar y caminar. A cada paso que daba empezaba a tomar más conciencia de dónde estaba. Se esforzaba por captar algo con su ojo más óptimo, pero solo notaba lo que sus otros sentidos le decían: que caminaba descalzo, que apenas podía oír, que había perdido casi toda su ropa y sus pertenencias y que alguien le sujetaba del brazo. Con este habían sido tres los guías que le habían acompañado a lo largo de su viaje, turnándose en las correspondientes etapas. En cada una de ellas le habían limpiado de nuevo su herida y hecho las curas apropiadas. Esta última parte estaba siendo la más larga de un viaje cuyo destino no conocía, como tampoco al guía silencioso que estaba a su lado; aunque, al menos, por el sonido, cada vez más distante, intuía que se estaba alejando de la batalla.

En ese silencio que empezaba a crearse a su alrededor, pronunciado por el aislamiento que le provocaba la disfunción de sus sentidos, empezó a escuchar sus propios pensamientos sobre esa ansiada renuncia a la guerra y la barbarie. Quería volver inmediatamente a su casa, de la que comenzaron a asaltarle imágenes pasadas. De su hogar, de su familia: su mujer y sus dos hijos. Los tres habían quedado solos, esperando la vuelta del marido y del padre que embarcó hacia la guerra, en ese camino del que ninguno conocía el destino final, como tampoco a quienes lo condujeron hasta él. Pensaba en ellos, y eso le entristecía al tiempo que le relajaba. Quería verles. Lo necesitaba. Saber que todos estaban bien. Que todavía le quedaba mucho tiempo por delante para disfrutar de ellos. Verles crecer y envejecer junto a su mujer. Claro que tendrían problemas. Pero no sería la guerra. Nada sería peor que eso. Estar junto a ellos, imaginar vivir de nuevo a su lado era el punto de apoyo que necesitaba para seguir avanzando por ese camino abrasador del que ya empezaba a estar cansado. Ansiaba llegar ya; ¡quería regresar a su casa inmediatamente! Alzó un poco la cabeza tratando de captar algo con su ojo menos malo por debajo de la venda: distancias, puntos de referencia… Pero la luz, el sol, le cegaba con un halo blanco sin que consiguiese captar nada reconocible. Su frustración hizo que perdiese la concentración y eso, junto con el cansancio acumulado, provocó que sus piernas tropezasen haciéndole perder el equilibrio. Dejó caer el bastón, pero él no llegó a caer al suelo. Su guía, atento, le sujeto por el brazo y le alzó con facilidad.

   -¿Todo bien? –le preguntó.

Aunque de forma leve, como un eco lejano, era la primera vez que escuchaba la voz de su guía. Ninguno de los que le habían acompañado durante las tres etapas del camino había abierto la boca. El viaje transcurría en monótono silencio hasta que llegaban a los puntos intermedios donde le atendían. Entonces las voces de sus compañeros, médicos, enfermeros y demás soldados, le llenaban los oídos en un barullo homogéneo e impersonal. Pero de este sí que había reconocido ese peculiar acento de los nativos indígenas de la región. De pronto acudió a él el recuerdo de las noticias sobre la formación espontánea de un cuerpo especial: los Fuzzy Wuzzy Angels. Se trataba de un grupo de cinco hombres procedente de una aldea originaria de Papúa que se dedicaba a ayudar de forma desinteresada en el rescate y transporte de salvamento de soldados aliados en pleno campo de batalla. Ese que tenía delante debía de tratarse de uno de ellos, como los otros dos con los que compartió camino.

   -¿Todo bien? –repitió la pregunta el indígena, recogiendo el bastón del suelo en una tentativa para que el soldado se sujetase por sí mismo.

Pero este no hizo ademán para tomar de nuevo su muleta. De pronto se abalanzó sobre él joven guía para atraparlo en un abrazo, al tiempo que explotaba en un llanto incontenible. La vara de madera volvió a levantar una nube de polvo, que se disipó de forma instantánea a escasos centímetros del suelo. Durante unos segundos los dos hombres crearon un único objetivo para cualquier tirador que los apuntase a través de una mirilla telescópica bajo el sol austral.

   -¡Quiero volver a mi casa! –gimió el soldado que seguía empapando de lágrimas la venda que le cubría los ojos-. ¡Quiero volver con mi familia!

En el momento de recibir el abrazo, el indígena de Nueva Guinea se quedó paralizado sin saber cómo reaccionar. Agradeció que el hombre al que estaba guiando a la base de Dobudura se separase de él unos centímetros.

   -¿Todo bien? –volvió a repetir.

El soldado se cubría avergonzado la cara con sus manos. La venda se había desprendido y colgaba de forma tosca sobre su hombro izquierdo. Los gemidos empezaron a remitir, al igual que las lágrimas.

   -Sí, todo bien –pudo responder, con voz apagada.

Cogió el bastón que el guía había vuelto a recoger del suelo y se recolocó la venda sobre los ojos que también el guía había atado de nuevo alrededor de su cabeza. Los dos juntos, reemprendieron el viaje. Durante unos cuantos kilómetros más el avance fue en silencio. El sol estaba en su punto más elevado y el calor se hacía insoportable. Fue entonces cuando el guía decidió hacer una parada. Escogió un lugar apartado del camino, bajo unos árboles de poca altura, a los que se llegaba a través de espesos arbustos. Primero colocó al soldado, apoyándolo en uno de los troncos y luego él se acuclilló cerca de su protegido. Extrajo unas raíces de su macuto y empezó a masticarlas. Le ofreció lo mismo al soldado, que aceptó agradecido en cuanto saboreó ligeramente el líquido refrescante que salía al masticarlas.

No sabía si se trataba de ese pequeño descanso, de esas extrañas raíces que estaba masticando, o del desahogo que le había supuesto poder llorar sin remordimientos delante de alguien; pero tenía la sensación de que ahora era capaz de distinguir el piar de los pájaros, el canto de los insectos entre los matorrales e incluso el siseo de las hojas del árbol bajo el que estaban resguardados. Incluso podía distinguir la mancha informe de su mano cuando la pasaba delante de su ojo menos afectado. Echó la cabeza para atrás hasta apoyarla en el tronco y escuchó como su guía masticaba con la boca abierta. Cada vez se sentía más a gusto en compañía de ese hombre del que no conocía más que el tono de su voz.

   -Es gracioso –comentó el soldado con desanimo-. Un desconocido me llevó a la guerra y otro me saca de ella.

Dijo esto último sin mucha convicción. Si no estaba equivocado, su nuevo compañero estaba guiándole hasta la base militar más próxima en dirección sur, que no podía ser otra que la de Dobudura. Sus heridas más leves estaban empezando a recuperarse y las más graves no tardarían mucho en empezar a mejorar. En ningún caso podría obtener un permiso para salir de allí.

   -Raphael Oimbari –dijo el guía, rompiendo el hilo de los pensamientos del herido-. Mi nombre es Raphael Oimbari.

El soldado alzó ligeramente la cabeza del tronco ilusionado por las palabras de su compañero.

   -Yo soy George Whittington –respondió con una sonrisa, alargando la mano en la dirección en la que estaba su nuevo amigo-. Un placer conocer el nombre de mi salvador.

La brisa volvió a mover las ramas de los árboles creando una suave melodía mientras los dos, antes desconocidos, estrechaban sus manos.

   -¿Tienes hijos? –preguntó al guía.

   -Dos –le respondió escupiendo el resto de las raíces.

  -Yo también tengo dos hijos… Y me gustaría verlos otra vez.

   -Pronto podrás hacerlo –le dijo Oimbari.- Te llevo a casa.

   -¿A casa? –preguntó sorprendido George-. Donde vamos no está mi casa…

El indígena se levantó observando algo en el horizonte, pero ponto volvió a su posición.

   -Entonces, ¿por qué peleas aquí?

George dejó escapar un suspiro de resignación antes de contestar.

   -Ese desconocido del que te hablaba nunca me lo explicó. Ni siquiera sé cuál es su nombre. Ni él tampoco el mío. Como tampoco sabe cómo se llaman los miles de soldados que estamos aquí muriendo por… Por no se sabe qué.

   -¿Dónde está tu casa? –quiso saber Raphael ayudando a George a levantarse.

   -Lejos. Cruzando el mar…

   -¿Está allí tu familia?

   -Sí. Todos están allí.

El indígena asintió y se volvió a colocar a la altura del soldado una vez que lo condujo hasta el camino de tierra. De nuevo, avanzaron en silencio durante kilómetros hasta que, ya con el sol cayendo por el horizonte, Oimbari le informó de que ya estaban en los límites del recinto militar. George, advertido, logró captar los sonidos del movimiento propio de una asentamiento marcial: las voces de mando, las pisadas de maniobras, los motores… Sus sentidos estaban despertando, aunque su vista, bajo la venda, seguía sin dejarle distinguir nada con claridad.

   -¡No! Acompáñame hasta dentro –le rogó George cuando su guía se separó de él para coger el camino de vuelta-. Por favor… Espera a que salga el sol de nuevo. Espera solo una noche más.

El guía se negó. Tenía que ayudar a más heridos como Whittington. Adelantó la mano para estrecharla con la del soldado, pero este la rechazó para llevarse las manos a la cara y quitarse el vendaje con rabia. Su vista todavía no se había recuperado y la noche no le ayudaba a ver nada. Su frustración le llevó a estirar las manos hacia la cara de su amigo para poder ver lo que sus ojos no le dejaban.

   -No… No podré recordar tu cara –susurró el soldado desolado.

El guía de Nueva Guinea le cogió las manos y se las extendió a lo largo del cuerpo tratando de tranquilizarlo.

   -Recuerda mi nombre –le dijo-. Yo recordaré el tuyo, George Whittington.

Pero para George no era suficiente. Necesitaba algo más que un nombre para no sentirse otra vez solo.

   -Vuelve a casa con tu familia.

Eso fue lo último que su nuevo y viejo amigo le dijo antes de darse la vuelta por el mismo camino por el que había llegado guiado por él. Lejos de una batalla. Cerca de otra que mañana empezaría. No, George sabía que nunca volvería a casa. Estaba condenado. Si no era una bala, sería la soledad o una enfermedad lo que le matase pronto. Él no tenía camino de vuelta.

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s