El beso del Hotel de Ville

El beso del Hotel de Ville

Autor de la fotografía: Robert Doisneau.

Los dos escucharon el “clic” del obturador al unísono pero tanto él, como ella, tardaron en moverse ese instante más de lo necesario para entender que de ese beso había quedado algo más que una fotografía.

Remí se apartó de Elise con desenvoltura, como si ese gesto fuera en él algo cotidiano. Como si todos los días, o cada semana, tuviese que desprender de sus labios a alguna mujer enamorada. Sin embargo, al tiempo que su mirada se cruzaba con la de ella, ocultó turbado sus ojos tras el humo de tabaco que soltó tras una calada apresurada.

   -Una toma fantástica. Sobre todo esta última -Anunció el fotógrafo que se acercó a ellos colocando el protector en el objetivo. Era un hombre desgarbado. Joven todavía. Con una sonrisa perenne que iluminaba su rostro-. Buen trabajo.

Los dos muchachos, dos actores en ciernes contratados por el fotógrafo para una de las fotografías de la serie que estaba haciendo sobre el amor y los besos para la revista Life, le sonrieron, alegrándose de que el resultado hubiese sido el que esperaba el autor. Tanto para uno, como para el otro, era importantísimo que todos los trabajos para los que les contrataban resultasen positivos. En el mundo de la interpretación y de la imagen que un trabajo resultase un fiasco podía perjudicarles de por vida. Que los trabajos que fuesen haciendo saliesen bien, solo les aseguraba que podían esperar una nueva llamada para un nuevo trabajo que bien podía no llegar nunca. Que su interpretación, su posado, su frase saliese bien solo les aseguraba esperanza. Nada más. Pero eso ya era mucho.

El fotógrafo guardó la última placa en la bolsa que llevaba colgada en el hombro izquierdo y se despidió de la pareja cargando la cámara, lista para nuevos tomas, sobre el hombro derecho.

Los dos jóvenes se quedaron quietos, a escasos centímetros del lugar donde habían sido retratados, en la estrecha acera que quedaba frente a la plaza del ayuntamiento de París que bullía de actividad a esas horas de la mañana. Como lo estaba la tarde anterior cuando uno y otro recibieron la llamada desde sus respectivas agencias para comunicarles el tipo de trabajo que se les ofrecía, la hora de la cita, el lugar y la remuneración; lo único que ninguno de los dos supo entonces fue el nombre de la pareja con la que tendrían que fingir un beso entre dos enamorados. Si hubiesen dispuesto de esa información, quizá, solo quizá, hubiesen rechazado el trabajo. Pero en el momento en que supieron de ese trabajo su imaginación les dibujó el rostro de la persona con quien unirían sus bocas para un instante eterno y no pensaron en nada más.

Para él, se trataba de una mujer bella, bellísima; hecha de retales de otras muchas que ya había conocido: los ojos de Ángela, la boca de Sophie, la nariz de Lulú… Para ella, se le dibujó el contorno de las facciones juveniles de su marido. Ese que tanto había cambiado desde que se casaran.

Los dos despertaron aquella mañana volcando sus sueños e ilusiones en ese rostro desconocido con el que podrían sentirse especiales. No era una interpretación cualquiera. No se trataba de aprenderse unas cuantas frases y recitarlas al tiempo que se acompaña la fuerza de su significado con ciertos gestos y muecas. No, se trataba de un beso. Un gesto que tiene significado por sí mismo y que no necesita explicaciones. Aunque ahora los dos estuviesen buscándolas, sin que ninguno se atreviese a hablar.

Remí estaba absorto en recuerdos de su infancia. Se acordaba de aquel día en que la profesora reprendió a Elise por no dejar de hablar en clase de literatura con esa otra compañera de la que ya no recordaba su nombre. Cosas de la vida, el nombre de Elise nunca se le había olvidado. Quizá porque ella era la más charlatana, la soñadora, la más rápida en clase de gimnasia; a la que se le daban peor las matemáticas… Porque era la única que solía llevar para toda la clase una bolsita de caramelos el día de su cumpleaños. Recordaba también cómo corría detrás de ella en el recreo para levantarle la falda y cuando practicaban juntos algunas melodías de flauta para la clase de música. Recordaba todo ello mientras el cigarrillo se consumía entre sus dedos, parado frente al Hotel de Ville. Como se consumieron las oportunidades para reconstruir la amistad que se perdió en los años siguientes a abandonar el Liceo, cuando no sabía si debía o no saludarla cuando se cruzaban por la calle, fuera del único contexto en que se habían conocido. No sabía cómo hacerlo. Eran como dos extraños: sus miradas se cruzaban, pero nada salía de sus bocas. Así una y otra vez hasta que por fin se borraron el uno al otro y ya ni siquiera se miraban en los cafés, en el cine o el teatro. Lo mismo que sucedía con casi todos los demás compañeros de su clase.

También ella pensaba en cosas. Repasaba en su memoria la mirada cómplice de Remí aquel día en que la profesora la regañó por no dejar de hablar con Mabel en plena explicación del romanticismo literario francés. En sus consejos para resolver los problemas de matemáticas o aquellas divertidas melodías que improvisaban con la flauta antes de clase de música. Recordaba también las carreras para evitar que Remí le viese las bragas. En lo divertido que le hubiese resultado que por lo menos una vez lo hubiese conseguido. También en ese repaso tuvo cabida el arrepentimiento por no haberle dicho nada alguna de esas veces que se cruzaron por la calle después de dejar el colegio; no quería incomodar, no quería quedar como una tonta si él no le devolvía el saludo. Le daba rabia que él no le hubiese dicho nada a ella tampoco.

Habían pasado casi veinte años desde que se hicieran mayores. Desde que dejaran de compartir el aula, los amigos, los días y los recuerdos. Desde entonces solo compartían remordimientos, y a partir de ese día también un beso.

Allí estaban. El uno frente al otro. Una nueva oportunidad que les regalaba el destino para devolverles el tiempo perdido. Elise miraba tímidamente a Remí entre los mechones de pelo que se le venían a los ojos por el viento. Y él observaba el paso, alegre y al tiempo tranquilo, del fotógrafo mientras se alejaba con su cámara. Cuando lo perdió de vista ente la gente, dejó caer la colilla de cigarro y la aplastó contra el suelo con la punta de su zapato, adonde dirigió ahora la mirada. Elise contempló el gesto con decepción. Se sujetó con delicadeza el vuelo de la falda, que un golpe de viento le levantó, y también se miró los zapatos deseando que la voz de Remí le invitase a alzar la cabeza.

   -«¿Por qué no sé qué decir?» –se recriminó Remí.

   -«¿Por qué no dice nada?» –se impacientó Elise.

Entonces, solo les quedó despedirse.

Una semana después de haber realizado su trabajo en el Hotel de Ville, Remí caminaba por una zona cercana a los Campos Elíseos, cuando a lo lejos vio llegar al fotógrafo que los había retratado. Quiso escapar y cruzar de acera, agachar la cabeza y hacer como si no le hubiese visto. Pero el fotógrafo, con una mano alzada saludándole, ya se encaminaba hacia él con su ropa cómoda, ataviado con una boina, la cámara colgada al hombro y la misma sonrisa que unos días atrás.

   -Te he visto desde lejos y no me he resistido en venir a saludarte –le dijo el autor, sacando algo del interior de la carpeta que llevaba bajo el brazo-. Vuestra fotografía ha sido un éxito. Mira.

Remí, con la copia de blanco y negro en la mano, volvía de pronto a estar frente a Elise y frente a él; frente a la imagen de esos dos niños que ya habían crecido.

   -Todos en la revista están de acuerdo en que la foto va a ser un éxito. Ha captado el espíritu de lo que buscaban –le anunció el fotógrafo orgulloso-. En esencia, un beso es como una fotografía. Le resulta muy difícil mentir. Y este beso es muy sincero.

Remí se sonrojó agradecido y le devolvió la fotografía a su dueño.

   -No, no. Esta es para ti. Y esta otra para ella –le dijo sacando otra copia de la misma carpeta-. Seguro que la ves más a menudo que yo.

Remí se quedó con el portafolio y con las dos copias de la fotografía del beso en el interior, observando cómo, un poco más lejos en esa misma avenida, el fotógrafo volvía a encorvarse sobre su pecho para enfocar y disparar esa cámara fotográfica que le había ayudado a decir, por fin, lo que sentía.

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