Enrique Bayano, el poeta de Gran vía

“Para ser poeta tienes que ser idealista y soñador”, comenta Enrique Bayano, desde el mismo lugar en que, sentado, lleva trabajado durante los últimos ocho años. “He sido muy bohemio toda mi vida”.

Ha tenido infinidad de trabajos, pero el que más contactos y experiencias le proporcionó fue el de cocinero en un restaurante de Plaza España: La Fortuna. Allí conoció a muchos artistas, poetas y gente de la farándula. Antonio Gala es amigo íntimo suyo. Como también lo es Santiago Segura, del que rechazó una oferta para acudir a uno de sus espectáculos. “Sé lo cabrón que es y lo cabrón que soy yo”, explica, “me iba a hacer enfadar, y yo le iba a mandar a tomar por culo”.

Este poeta tiene carácter suficiente como para que no le importen algunos comentarios “extraños” que escucha, de gente que le recrimina que pueda beberse una cerveza, al tiempo que “pide” en la calle. “La gente se hace unos cocos muy raros”, expone, “pero yo estoy aquí todos los días y ellos solo pasan un rato. Ellos no saben nada de mi vida y yo tampoco de la suya”.

Apoyado contra la pared de la Casa del Libro de la Gran vía de Madrid “estudia a la gente”. Observa su modo de andar, su mirada, su sonrisa… “Se puede conocer mucho de la gente solo con mirarla”, apunta. Y ese lugar que eligió para inspirarse no es precisamente un lugar poco transitado. Cientos de personas pasan cada hora por allí, también políticos, como Esperanza Aguirre, a la que un día le negó una propina de cinco euros.

Vive de lo que recoge en su caja de cartón a cambio de un poema. A cambio de “cultura”. Los alemanes, los suecos y los norteamericanos son los más generosos. “También los sudamericanos”, comenta, sorprendido. Pero es muy poco lo que saca de los españoles. “Principalmente vivo de los turistas”, dice.

Su relación con los Estados Unidos no solo queda en esa transacción callejera. El trabajo de Enrique Bayano traspasa fronteras y viaja periódicamente hasta San Diego (California). Hay una revista en esa ciudad con la que colabora cada cierto tiempo: Thinking Spanish.

Quizá esa revista se haya dado cuenta de que las creaciones del poeta de la Gran vía madrileña tienen un gran valor. Como lo hizo ese hombre –cuenta Enrique en una anécdota-, que se dio la vuelta después de leer el poema que había comprado por dos euros, para dejar otros cincuenta más. “Ese poema vale mucho más que una moneda”, le dijo.

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