Francisco Javier, El Cántabro

Como el mismo parque de la Florida, Francisco Javier, el cántabro, también se prepara para la navidad. Entre las muchas figuras que componen el Belén a tamaño real del parque, destaca la figura rojiza del bonachón Santa Claus, acomodada siempre sobre el mismo banco. “El disfraz me costó 52 euros; pero el gasto merece la pena”, comenta, sin dejar de agitar la campañilla.

Merece la pena para él y también para los cientos de niños que pasan por allí a diario –antes de las vacaciones-. Los pequeños –y no tan pequeños- se alegran por el cambio que se produce en el ambiente de su rutina al ver a ese hombre que a todo el mundo llama “joven” vestido de Papá Noel y también por los caramelos que reparte entre ellos. “Tengo otra bolsa guardada en el carro”, indica, sujetando el cesto con un buen montón de ellos. Con él de la mano y su mejor versión del “ho, ho, ho” navideño, invita a los muchachos a acercarse. “Siempre espero a que salgan de los colegios para que cojan caramelos”, explica.

Y así pasa un día tras otro en la vida de “el cántabro”: desayuno, su banco en la Florida, comida, vuelta al banco y a dormir. Eso excepto los fines de semana, cuya residencia traslada a la calle Cuchillería hasta altas horas de la madrugada.

Las noches, habitualmente, las pasa en el parque, en el quiosco de la música; pero las bajas temperaturas de las últimas semanas lo han obligado a trasladarse a un lugar más abrigado: el pasaje de postas.

Francisco Javier es muy conocido en toda la ciudad; quizá sea el hippie más conocido de toda Euskadi. Hippie, porque es así como se considera. “Uno de los de verdad”, dice. “Yo he andado con los pies descalzos”, asevera con nostalgia. Entre sus pertenencias, Javi tiene un libro -lo consiguió en una tienda del casco viejo, donde se pueden adquirir objetos de forma gratuita-: Hippies, drogas y sexo, de Suzanne Labin. Es su manera de aprender más sobre ese modo de vida que él eligió desde joven y que todavía quiere conservar. “Aquí empezamos 30, de diferentes partes de España; pero solo quedamos dos: uno que está en la cárcel y yo”, recuerda.

Todo el tiempo del que disponga lo pasará en el parque de la Florida. Quizá su recuerdo merezca, en su día, un busto, junto a la escultura, perdida entre las ramas de los árboles, del mendigo más famoso de Vitoria con su cartón de vino. “Aquí la gente me quiere, para qué voy a cambiar”,  manifiesta.

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