Antonio Pedro, el de la armónica

Antonio Pedro, el de la armónica. Eso es lo que pone en su tarjeta de presentación. Un retrato suyo, la foto de unas armónicas, dispuestas una detrás de otra, y su número de teléfono completan la cartulina. “La foto de las armónicas la hizo una amiga mía del centro de salud”, explica orgulloso.

No pide en la calle, solo deja la gorra “por si cae algo”. Antonio Pedro se considera un músico. Es un enamorado de los sonidos y de la música. Tanto es así, que tuvo que marcharse del albergue donde se hospedaba porque no le dejaban practicar. Por eso y por el frío y las penurias que ha pasado al aire libre ahora comparte la habitación de un piso con varios amigos. “Hay algunos que tienen dinero, pero prefieren dormir en la calle para no gastarlo”, comenta.

Su vida no es como la soñó en un principio -“Mi vida es una tormenta”, señala-, pero con su carácter positivo, optimista y, también realista –por qué no– deja claro que su vida no es peor que la de los ricos. “Ellos se tienen que preocupar por pensar, hacer cuentas, estar pendientes de que no les roben… Es una tormenta también”, argumenta con una sonrisa.

Aunque la preocupación por los robos también se dan entre los pobres. Ya sea por los hurtos entre ellos mismos o a causa de la policía. Pocos minutos antes de la entrevista, una pareja de policías se incautaron del altavoz que utilizaba a diario. “Hay algunos maderos que tienen un comportamiento militar”. Dice algunos porque, en realidad, su relación con la policía no es mala del todo. “Hay otros, los que ya me conocen, que me suelen echar algo de dinero cuando me ven”, expone.

Antonio Pedro lleva más de veinte años trabajando en Salamanca, ciudad a la que está infinitamente agradecido. Antes pasó por la costa levantina y, antes de eso, también trabajó en su país, en Portugal. Allí se dedicaba a algo totalmente opuesto a lo que de verdad le apasiona: la música. El sonido de los instrumentos que suele manejar apenas tiene algo en común con el ruido de las armas que elaboraba, “para la primera guerra de Afganistán”, en la fábrica de la que escapó en cuanto pudo. Junto con un amigo, cogió su mochila y sus instrumentos y se marchó a buscarse la vida en España. Aquí sigue desde entonces.

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